LA LEYENDA DEL CONEJO EN LA LUNA 2 de 3

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Nos quedamos la semana pasada conociendo cómo actuaban los Dioses de antaño…

Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar.

• ¿Qué estás comiendo?, – le preguntó.
• Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
• Gracias, pero yo no como zacate.
• ¿Qué vas a hacer entonces?
• Morirme tal vez de hambre y de sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo;
• Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:
• Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.

Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo: –Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

La leyenda chinanteca (extracto de El Conejo en la Cara de la Luna de Alfredo López Austin): Entre los chinantecos, pueblo que vive en el estado de Oaxaca, se cuenta que Sol y Luna eran dos niños, hermano y hermana. Los pequeños Sol y Luna mataron al águila de los brillantes ojos: Luna tomó el ojo derecho, que era de oro; Sol recogió el ojo izquierdo, que era de plata. Tras mucho caminar, Luna sintió sed. Sol prometió decirle dónde había agua a condición de que permutaran los ojos del águila; además, le impuso a su hermana la condición de que no bebiera el agua hasta que el Cura conejo bendijera el pozo. Luna desobedeció y su hermano le golpeó el rostro con el Cura Conejo; a esto se debe que Luna tenga hoy la cara manchada.

¿Por qué CHINOS VEMOS UN CONEJO EN LA LUNA?

A pesar de que China y México están tan lejos, ambos países ven un conejo en la luna.

Hay tanta soledad en ese oro.

La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.

• Jorge Luis Borges
Este breve poema de Jorge Luis Borges capta en buena medida lo que ha representado la luna en los ojos del ser humano. Desde tiempos antiguos ha sido depositaria de anhelos, misterios y leyendas. Un espejo del tiempo, la representación de las fuerzas superiores que rigen al mundo, un dios que levanta las olas y arranca aullidos a los bosques. Una pregunta que renace infalible cada noche.

La mitología de la luna es vastísima y es difícil imaginar que alguna civilización carezca de mitos en torno a ella. Dentro de esta multiplicidad, quizá haya algunas historias que han trascendido a nuestros tiempos y que se insertan con naturalidad en diversas tradiciones culturales. Una de ellas es la famosa leyenda de «el conejo en la cara de la luna». Como todo mito, tiene un sinfín de versiones y es imposible determinar su origen, pero a grandes rasgos consiste en que cuando hay luna llena, se puede observar con claridad la silueta de un conejo que vive eternamente en el astro.

Existen múltiples versiones de este mito en la tradición de los antiguos pueblos mexicanos. En la versión que recoge Bernardino de Sahagún en su historia de la conquista se cuenta que los dioses se reunieron en Teotihuacán antes de que existiera el día, para determinar qué dios se encargaría de iluminar el mundo.

Se ofrecieron Tecuezitecatl y Nanahuatzin, el primero un dios rico, el segundo, pobre. Ambos dioses realizaron ofrendas según sus posibilidades, y después inició una ceremonia en la que tenían que saltar en una gran hoguera. El dios rico tuvo dudas en un inicio, sin embargo Nanahuatzin, sin pensar, se arrojó a las ardientes llamas. Tecuezitecatl, envalentonado por la templanza de su compañero, finalmente se arrojó. Se cuenta que tras ellos se lanzó un águila, y que de ahí se debe su color moreno. Después de este rito, ambos dioses emergieron de las llamas, Nanahuatzin como el sol, Tecuezitecatl como la luna. Ambos irradiaban una luz igualmente cegadora, pero uno de los dioses arrojó un conejo a la luna para opacar su brillo. De ahí proviene, según el mito teotihuacano, el ciclo de los días y las noches (el conejo quedó marcado en la cara de la luna).

ES TODO POR HOY. LA SEMANA QUE VIENE TERMINAMOS CON ESTA BONITA LEYENDA, ESPERO LE ESTE GUSTANDO.

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